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Historia del ascensor

Precedentes del ascensor

El ser humano ha necesitado elevar cargas desde los albores de la historia, por ello, las primeras plataformas de elevación se remontan a miles de años atrás. Hasta nuestros días han llegado registros de sistemas de elevación que datan de tiempos del Antiguo Egipto; sistemas aún rudimentarios de poleas y cuerdas utilizados para mover los bloques de piedra en la construcción de las pirámides. Los antiguos egipcios también idearon, allá por el año 1.500 a.C., un sistema para elevar el agua extraída del Nilo y llevarla hasta canales de riego.

Pero el que podría ser considerado como el primer elevador propiamente dicho es el diseñado en el siglo III a.C. por el matemático griego Arquímedes. Ideó un sistema de poleas destinado a desplazar en sentido vertical materiales de construcción, objetos pesados y otros materiales de gran peso que resultaban difíciles de elevar y llevar a ciertas alturas.

Más adelante en la historia, nos encontramos con otro hito en lo que a la elevación se refiere, no solo por la mayor sofisticación del sistema, sino por su uso. En el Coliseo Romano de la Antigua Roma, en torno al año 70 d.C., era necesario trasladar desde el hipogeo (zona subterránea) hasta la arena de combate a los animales salvajes y los gladiadores, lo que fue resuelto a través de la instalación de, nada más y nada menos que 28 elevadores (que bien podrían ser considerados ascensores), distribuidos 14 en la zona sur y 14 en la zona norte. Su cabina, con un peso estimado de 300 kilos, era capaz de elevarse hasta siete metros. Lo curioso no es solo la instalación de estos ascensores en la emblemática construcción romana, sino su perfecta adecuación al espacio y necesidades del espectáculo. Estaban diseñados de tal forma que, al llegar al máximo de los siete metros de altura, se abría automáticamente una trampilla que permitía al animal salir directamente a la arena. Pero este “ascensor” romano no funcionaba de manera autónoma como los que conocemos hoy en día, sino que necesitaba la fuerza de más de diez personas para tirar de las poleas y conseguir elevar la carga. Por supuesto, este ejercicio no lo realizaba el público, ya que ese solo acudía al Coliseo a disfrutar del espectáculo. Eran los esclavos quienes debían actuar como “ascensoristas”, si es que se puede llamar así a este trabajo. Estos antiguos sistemas de elevación del Coliseo Romano pueden verse hoy en día al visitar Roma, ya que hay réplicas a través de las cuales los guías turísticos explican cómo funcionaban.

También sabemos que durante la Edad Media se utilizaron elevadores, como el instalado en el monasterio de San Varlaam en el norte de Grecia, construido sobre un alto promontorio al que sólo se puede acceder a través de unas escaleras colgantes que, desde luego, no eran nada recomendables para personas con vértigo, o a través de un elevador, utilizado para subir tanto provisiones como personas, accionado por fuerza humana.

Se sabe que, en el año 1203, la abadía del Monte Saint Michel, situada en la costa francesa, utilizaba un elevador cuya fuerza motriz era un burro.

Más adelante, el monarca francés Luis XV quiso implementar en el palacio de Versalles un sistema de elevadores similar al del Coliseo Romano, pero el uso de estos elevadores iba a ser muy diferente al de aquellos instalados por los romanos, ya que su objetivo era poder pasar discretamente de una estancia a otra, sin llamar la atención del servicio real ni dar pie a rumores o cotilleos sobre con quién pasaba el tiempo libre su majestad…

El ascensor en el siglo XIX

Ya en la Edad Moderna se siguieron utilizando plataformas de elevación de cargas para la construcción o en almacenes, pero como se utilizaban cuerdas como elemento de suspensión y tracción, éstas, por la fricción con las poleas, se rompían con relativa frecuencia, por lo que, a la hora de elevar personas, la realidad es que la gente no confiaba (y con razón) en la seguridad de estos sistemas.

Esto cambió definitivamente en 1852, cuando el norteamericano Elisha Graves Otis (1811-1861) inventó un dispositivo de seguridad que revolucionó el mundo de la elevación. Se trata de un mecanismo con el cual se evita la caída del sistema, y de la carga o persona, en caso de que se produjera la rotura la cuerda de sujeción.

En la exposición mundial de Nueva York de 1853, celebrada en el Crystal Palace, Otis presentó ante un gran público su invención. El mismo Elisha Otis, junto con una carga compuesta por barriles y cajas, se subió a una plataforma que fue elevada a gran altura. En ese momento todos los espectadores quedaron atónitos ante la petición de Otis: ¡cortad la cuerda!, refiriéndose a la cuerda que sujetaba la plataforma. La gente no daba crédito, pero aun así se cumplió su petición y se cortó la cuerda. Para sorpresa de todos, no hubo heridos ni daños, pues la plataforma apenas bajó unos centímetros, sin acabar destrozada en el suelo. Entonces Otis gritó su célebre “¡Todos seguros!”. Con esta invención, la gente comenzó a atreverse a montar en las plataformas elevadoras y, el 20 de septiembre de 1853, Elisha Otis fundó la compañía Otis Elevator Company en Yonkers, Nueva York. Había nacido el ascensor moderno.

El primer ascensor de pasajeros se puso en funcionamiento en 1857 en los grandes almacenes Haughwout de Nueva York. Subía hasta un quinto piso, su fuerza motriz era una máquina de vapor instalada en el sótano del edificio y viajaba a una velocidad de 0,20 metros por segundo.

En España, el primer ascensor se instaló en 1877, en el número 5 de la calle de Alcalá, en Madrid, tras un acuerdo firmado por tres ingenieros y el propietario del edificio, que hoy ya no se conserva.

En 1880, el alemán Werner von Siemens, incorpora un motor eléctrico a un ascensor. A partir de ese momento, los ascensores impulsados por máquinas de vapor van desapareciendo rápidamente y se generalizan los ascensores con motor eléctrico, lo que permite mayores velocidades y mayores recorridos, posibilitando la construcción de edificios más altos.

Técnico de feeda revisando ascensor antiguo

El ascensor hoy en día

Los ascensores han ido incorporando desde entonces multitud de avances tecnológicos que los han hecho más fiables, rápidos, confortables y seguros. Hasta finales de la década de los 40, e incluso en la década de los 50, los ascensores debían ser manejados por los ascensoristas. Sin embargo, con la introducción de los cuadros de maniobra y, por tanto, de ascensores automáticos, los clásicos ascensoristas dejaron de ser necesarios y esta profesión terminó por desaparecer. Hoy en día los ascensores incorporan cuadros electrónicos, sensores, IoT y, los modelos más avanzados, están altamente digitalizados. Gracias a la digitalización es posible hacer rescates en remoto en cuestión de minutos o hacer un mantenimiento predictivo, utilizando algoritmos de big data, adelantándose a posibles averías o incidencias, solucionándolas antes de que se produzcan.

El ascensor más rápido del mundo es el instalado en el edificio CTF Finance Center de Guangzhou (China), que alcanza los 75 km/h; mientras que el que tiene el recorrido más largo (504 metros) es el instalado en el edificio más alto del mundo, el Burj Khalifa, que se alza 828 metros sobre el suelo.

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